miércoles, 19 de mayo de 2010

Gabo Garcia Marquez.


Una tarde, cuando todos dormían la siesta, no resistió más y a fue a su dormitorio. Lo encontró en calzoncillos, despierto, tendido en la hamaca que había colgado de los horcones con cables de amarrar barcos. La impresionó tanto su emorme denudez tarabiscoteada que sintió el impulso de tetroceder. “Perdone”, se excusó. ” No sabía que estaba aquí.” Pero apagó la voz para no despertar a nadie. “Ven acá”, dijo él. Rebeca ebedeció. Se detuvo junto a la hamaca, dudando hielo, sintiendo que se le formaban nudos en las tripas, mientras José Arcadio le acariciaba los tobillos con la yema de los dedos, y luego las pantorrillas y luego los muslos, murmurando : ” Ay, hermanita; ay, hermanita.” Ella tuvo que hacer un esfuerzo sobrenatural par no morirse cuando una potencia ciclónica asombrosamente regulada la levantó por la cintura y la despojó de us intimidad con tres zarpazos, y la descuartizó como a un pajarito. Alcanzó a dar gracias a Dios por haber nacido, antes de perder la conciencaia en el placer inconcebible de aquel dolor insoportable, chapaleando en el pantano humeante de la hamaca que abssorbió como un papel secante la explosión de su sangre.

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